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Boletín núm. 23 - Destacados 1

Lunes 14 de septiembre de 2015, por Manu

Racismo y capitalismo

Nuestro sistema alimentario moderno ha co-evolucionado con 30 años de globalización neoliberal, que ha privatizado los bienes públicos y desregulado todas las formas de capital corporativo en el mundo. Esto ha provocado los niveles más altos de desigualdad global de la historia. Los impactantes costes sociales y medioambientales de esta transición han golpeado con mayor fuerza a las personas de raza negra, lo que se refleja en los niveles récord de hambre y migraciones masivas de agricultores empobrecidos del Sur Global, y los espeluznantes niveles de inseguridad alimentaria, enfermedades relacionadas con la alimentación, desempleo, encarcelamientos y violencia en las comunidades negras desatendidas del Norte Global.

El movimiento alimentario en Estados Unidos ha emergido como respuesta a los fracasos del sistema alimentario global. Personas y organizaciones de todos los rincones están trabajando para contrarrestar las externalidades intrínsecas del "régimen alimentario corporativo". Comprensiblemente, se centran en uno o dos componentes específicos, como el acceso a alimentos sanos, los nichos de mercado, la agricultura urbana, etc., en lugar de abarcar el sistema como un todo. Sin embargo, las estructuras que determinan el contexto de estas prometedoras alternativas se mantienen bajo el sólido control de las normas e instituciones del régimen alimentario corporativo.

La globalización neoliberal también ha paralizado nuestra capacidad de dar respuesta a los problemas del sistema alimentario, al destruir gran parte de nuestro espacio público. No sólo han destruido las funciones públicas de sanidad, educación y bienestar; las redes sociales de nuestras comunidades se han debilitado, exacerbando la violencia, intensificando las tensiones raciales, y profundizando aún más las diferencias culturales. La gente se enfrenta a los desafíos y problemas del hambre, la violencia, la pobreza y el cambio climático en un entorno en que las instituciones sociales y políticas han sido reestructuradas para servir a los mercados en lugar de a las comunidades locales.

Principalmente, el movimiento por la justicia alimentaria ha dado un paso adelante (con el apoyo del sector de las organizaciones sin ánimo de lucro) para ofrecer servicios y reforzar las acciones comunitarias sobre nuestros sistemas alimentarios. De forma consciente o no, el movimiento alimentario comunitario, con sus proyectos prácticos y participativos para conseguir un sistema alimentario justo, sostenible y sano, está reconstruyendo de muchas formas nuestros espacios públicos desde la base. Esto es simplemente porque resulta imposible trabajar en uno sin reconstruir los demás.

Sin embargo, como han descubierto numerosas organizaciones, no podemos reconstruir la esfera pública sin resolver los asuntos que nos dividen. Para muchas comunidades, esto significa trabajar con el racismo dentro del sistema alimentario. El movimiento alimentario en sí mismo no es inmune a las injusticias estructurales que pretende superar. Dada la omnipresencia de los privilegios de los blancos y la opresión interna que existen en nuestra sociedad, el racismo en el seno del sistema alimentario puede resurgir, y de hecho lo está haciendo, dentro del propio movimiento alimentario, incluso aunque los actores tengan la mejor de las intenciones. Descubrir cómo, dónde y por qué se manifiesta el racismo en el sistema alimentario, reconocerlo dentro de nuestro movimiento, de nuestras organizaciones y de nosotros mismos, no supone un trabajo extra para transformar nuestro sistema alimentario; éste es, de hecho, el trabajo.

El trabajo también es conocer cómo funciona el capitalismo, porque resulta inconcebible cambiar las estructuras subyacentes del sistema alimentario capitalista sin conocer cómo funciona el sistema en primer lugar. Y aun así, muchas personas que intentan cambiar el sistema alimentario tienen muy poca idea sobre los fundamentos capitalistas.

Afortunadamente, esto está cambiando a medida que los y las activistas del movimiento alimentario profundizan para entender por completo el sistema que subyace a los problemas a los que se enfrentan. Muchas personas del Sur Global, sobre todo campesinos, pescadores y pastores, no pueden permitirse conocer las fuerzas socioeconómicas que están destruyendo su sustento. Las comunidades de color desabastecidas del Norte Global (como resultado de las olas recientes e históricas de colonización, desposesión y explotación) forman la espina dorsal del movimiento de justicia alimentaria. Para saber por qué las personas de color tienen dos veces más posibilidades de padecer inseguridad alimentaria y enfermedades relacionadas con la alimentación (incluso viviendo en las prósperas democracias del norte), es necesario conocer la intersección entre capitalismo y racismo.

Los y las activistas del movimiento alimentario están comenzando a darse cuenta que el sistema alimentario no se puede modificar sin atender al sistema económico que lo engloba. Para hacernos una idea completa de la magnitud de los retos a los que nos enfrentamos y lo que se necesitará para conseguir un nuevo sistema alimentario que esté en consonancia con el medio ambiente y con las necesidades de las personas, debemos conocer y enfrentarnos a los fundamentos sociales, económicos y políticos que han creado (y mantienen) el sistema alimentario que queremos cambiar.