Voces desde el campo

Voces desde el campo 1

Las jaulas de peces en el lago Victoria y el derecho a la alimentación

Pueblo de Namakeba, distrito de Buvuma, Uganda

Vivo en el pueblo de Namakeba y, como todo el mundo aquí, mi familia sobrevive gracias al lago Victoria. No podemos cultivar mucho porque estamos en una reserva forestal y ni siquiera se nos permite recoger leña, y la poca tierra fértil que hay a nuestro alrededor ha sido acaparada por una empresa de aceite de palma. Por eso, aparte de ser nuestra actividad, la pesca nos da de comer y nos permite comprar los alimentos que no podemos cultivar nosotros mismos a pequeños comerciantes de Masese y Kiyindi.

Desde que aparecieron las jaulas de peces, hay tramos del lago a los que simplemente no podemos acercarnos; algunos son propiedad de un inversor chino y cubren más de un acre de agua. Es donde pescábamos antes. Ahora nos echan si nos acercamos demasiado, y cada año las jaulas son más grandes, y se van apropiando más del lago. Nuestras redes salen del agua más ligeras de lo que solían. Algunos de nosotros pescamos toda la noche y volvemos con lo justo para vender, sin hablar de comer.

No se trata solo del pescado, sino de llegar a cualquier sitio. Las jaulas se interponen en nuestras antiguas rutas, por lo que ahora los barcos tienen que dar un gran rodeo. Un trayecto que antes duraba una noche ahora nos lleva más horas, consume más combustible, cuesta más dinero. Las tarifas a Masese se han duplicado. Como nuestra comida llega en barco, ese coste recae sobre cada saco de maíz y cada botella de aceite que compramos.

Sabemos exactamente lo que nos está ocurriendo y no estamos dispuestos a quedarnos mirando cómo continúa. La pesca es a la vez nuestro medio de vida y nuestra fuente de alimento, así que cuando el lago se reduce para nosotros, nuestras comidas también se reducen. Alzamos la voz porque creemos que esto puede solucionarse, con reglas justas que protejan el espacio de las personas que siempre han dependido de este lago. Queremos que nuestros hijos e hijas sigan pescando en estas aguas mucho después de que nosotros ya no estemos.

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Somos Kottaimedu — esta es nuestra lucha

Familias pescadoras de Kottaimedu, India

Somos familias pescadoras de Kottaimedu. Durante casi veinte años, hemos luchado para proteger nuestra fuente de vida: nuestras aguas y nuestra costa.

Cuando el tsunami se llevó nuestros hogares en 2004, el Gobierno nos trasladó aquí, cerca del canal de Buckingham: marismas, manglares, las aguas que sabíamos que nos daban de comer. Creímos estar a salvo. Entonces, en 2007, se instaló una granja industrial de camarones justo al lado.

Al principio fue solo el olor. Luego, el canal que alimentaba a nuestras familias se contaminó. Después, nuestra agua potable se volvió salada. La escuela de nuestros hijos e hijas, a apenas 150 metros del estanque, no podía utilizar su propio pozo. Tuvimos erupciones cutáneas. Nuestros riñones empezaron a fallar. Nos quejamos. Nadie nos escuchó. En 2019, nuestras mujeres salieron a la calle a protestar. Por ello, trece de nuestras lideresas fueron implicadas en causas penales —falsas, dos de ellas ni siquiera estaban en el país cuando se cometió el supuesto «delito», y aun así se nos señaló. Los tribunales no desestimaron las demandas hasta 2023. Seis años de nuestras vidas, robados por el miedo y la sospecha.

Pero no nos detuvimos. Lo documentamos todo nosotros y nosotras mismos/as: cada desagüe invadido, cada estanque de tratamiento desaparecido, cada infracción. Llevamos nuestras pruebas a todas las oficinas que nos abrían sus puertas. Poco a poco, con dificultad, las cosas empezaron a cambiar. Una orden aquí, una resolución judicial allá. Recursos, retrasos, más esperas. Por fin, el 16 de febrero de 2026 ganamos: se ordenó el cese definitivo de toda actividad acuícola en la granja. Ahora estamos presionando para que se aplique plenamente la orden, incluso que se dejen de invadir nuestras tierras. Nunca se trató solo de un estanque. Se trataba de nuestra vida como comunidad pesquera, de nuestros derechos humanos a la alimentación y la nutrición, a unas aguas limpias y saludables, y a la dignidad. No esperamos a que se hiciera justicia. Ganamos porque nos negamos a callarnos y luchamos por lo que era nuestro.

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Muchas horas, poca paga, ninguna seguridad: testimonio de un trabajador en una camaronera

Trabajador en una granja de camarones, de la provincia de Esmeraldas, Ecuador

Mi nombre es Carlos y trabajo en una piscina camaronera. El trabajo aquí es muy duro porque no tengo un horario establecido. Tengo que pasar las 24 horas del día aquí dentro y hacer trabajo durante la noche o en la madrugada, con lluvia, con sol. Aquí mi jefe me paga 400 USD por mes. No me alcanza la verdad porque tengo mi esposa, mis 3 hijos y tengo que mandar a mis hijos a la escuela. En ocasiones, no me alcanza el dinero para que ellos puedan ir a la escuela. Es muy duro y difícil el trabajo, a tal punto que muchas veces mi esposa y mi hijo mayor me ayudan.

No tengo seguridad social. Constantemente mis hijos tienen problemas de salud. A veces cuando uno se enferma aquí es difícil salir porque no tenemos una conexión a una vía. Tenemos que muchas veces esperar lanchas para que nos puedan llevar hasta el pueblo. Mi jefe me hace los pagos en efectivo y muchas veces no es que mi paga llega cada mes. Muchas veces pasando mes y medio o dos meses, me paga uno. Entonces me toca aguantarme porque no hay trabajo en mi pueblo. Por eso me vine hasta acá, muy lejos de mi pueblo.

Aquí se utilizan varios químicos que uno no tiene seguridad para tratar con ellos. Entonces uno está expuesto también a eso, uno tiene que muchas veces tocarlo con la mano sin ningún tipo de seguridad y el trabajo es muy fuerte. Como le digo, nosotros tenemos que estar constantemente dando la vuelta por la piscina, sobre todo por las noches.

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Si desaparece el manglar, perdemos parte de nuestras vidas  

Comunidades pesqueras, Carapitanga Quilombo, Brasil

Soy de Carapitanga Quilombo, en el municipio de Brejo Grande, en la costa norte del Estado de Sergipe, en la región del estuario del río São Francisco.

Antes, aquí todo era sano. No había veneno en el agua; los manglares eran nuestra riqueza. Solíamos pescar libremente, capturar cangrejos, ostras, sururu, aratu, siri y muchos tipos de peces. Cuando volvíamos de pescar, llenábamos cubos con ellos y los compartíamos con nuestros vecinos y vecinas: todo el mundo se llevaba comida a casa.

Todo cambió cuando empezaron a arrancar los manglares para construir estanques de camarones.

Se arrancan los manglares, se echa veneno en los estanques y, cuando los limpian, toda esa agua contaminada vuelve al río. He visto animales muertos en el lodo, y el lodo olía a podrido. Los peces, los crustáceos y muchas otras especies han empezado a desaparecer. Cada día hay menos espacio para que crezcan los cangrejos, el aratu, el siri y los peces porque se está destruyendo el manglar.

Hoy tenemos que caminar mucho más lejos, o ir en barco, para encontrar marisco. A veces echamos las redes y solo pescamos lo suficiente para un día. Las familias pescadoras lo están pasando mal. Antes, nuestra riqueza procedía del manglar. Hoy en día, muchas familias dependen del programa Bolsa Família y tienen que comprar comida porque el manglar ya no puede proporcionar lo que antes proporcionaba.

No como las gambas que se producen en estos estanques porque tienen veneno. Prefiero las gambas y los peces que provienen de la naturaleza.

La destrucción no ha cesado. Se siguen arrancando nuevas zonas y, cada vez que desaparece otro trozo de manglar perdemos otra parte de nuestras vidas. Aun así, sigo creyendo que, si dejan la naturaleza en paz, se recuperará. El manglar puede volver y, con él, los peces, los cangrejos y los mariscos. Quizá no para nosotros, pero sí para nuestra descendencia, porque también tienen derecho a vivir de la riqueza que el manglar siempre nos ha dado.

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Cómo recuperamos nuestro mar

Comunidades pesqueras, Karimunjawa, Indonesia

Me llamo Jack, soy pescador de Karimunjawa, y la vida de mi familia siempre ha estado ligada al mar. Solíamos pescar anchoas y vender algas, viviendo al compás del océano. Recuerdo los días en que sus aguas nos proporcionaban todo lo que necesitábamos. Pero entonces llegaron los criaderos de camarones y todo cambió. Toda nuestra vida dio un vuelco en cuestión de días. Llegaron hombres de la empresa, compraron las tierras y empezaron a arrancar los manglares. Instalaron tuberías directamente en el arrecife de coral, tuberías que aspiraban agua y escupían residuos. El mar cerca de nuestras casas se convirtió rápidamente en un caos marrón, espeso y repugnante. Mis hijos e hijas ya no podían bañarse en las aguas cercanas a la orilla y mi hija menor sufría mucho dolor porque el agua contaminada le provocaba un picor terrible con los pies llenos de ampollas.

Nuestras algas se volvieron blancas y se pudrieron a causa de una enfermedad. Una noche murieron todos los peces de mis jaulas, y fue una pérdida enorme: cientos de meros se asfixiaron en esas aguas contaminadas. Tuve que adentrarme más en el mar para encontrar aguas de mejor calidad, lo que implicaba gastar más combustible y ganar menos. Eso me llevó a endeudarme aún más. Ni siquiera podía pagar la escuela de mi hija y mi familia empezó a desmoronarse por culpa de los terrenos que se vendieron a la empresa.

Pero no nos quedamos callados. Formamos LINGKAR («Círculo de Lucha de Karimunjawa») —personas pescadoras, cultivadoras de algas y trabajadoras del turismo— decididos/as a plantar cara. Por la noche, nos sumergíamos sin el equipo adecuado para documentar las tuberías fantasmas (tuberías de entrada y salida) que destruían nuestros arrecifes. Nos enfrentamos a matones a sueldo, amenazas e intimidaciones, pero seguimos documentando y publicando con la etiqueta #SaveKarimunjawa, hasta que todo el país se fijó en nosotros.

El Gobierno pensó que podría silenciarnos encarcelando a uno de nuestros líderes, recurriendo a una ley que, en teoría, persigue los delitos informáticos, pero que en realidad solo se utiliza para acallar a las personas en Internet. Sin embargo, la estrategia les salió mal y todo el país se indignó. Los tribunales incluso intervinieron y anularon la condena. Trabajamos codo con codo con nuestros amigos y amigas y con periodistas que no se echaron atrás, y conseguimos que el Gobierno nos escuchara. Se cerraron los estanques.

Los responsables fueron a la cárcel por la contaminación causada y, poco a poco, nuestro mar se está recuperando: el agua se aclara, los corales vuelven a respirar y las personas que cultivan algas se atreven a volver a echar las cuerdas al agua. Todavía estamos reconstruyendo, pero una cosa está clara: cuando la gente se une, puede hacer que incluso las fuerzas más poderosas rindan cuentas por el daño que causan.