Voces desde el campo

Voces desde el campo 1

Las jaulas de peces en el lago Victoria y el derecho a la alimentación

Pueblo de Namakeba, distrito de Buvuma, Uganda

Vivo en el pueblo de Namakeba y, como todo el mundo aquí, mi familia sobrevive gracias al lago Victoria. No podemos cultivar mucho porque estamos en una reserva forestal y ni siquiera se nos permite recoger leña, y la poca tierra fértil que hay a nuestro alrededor ha sido acaparada por una empresa de aceite de palma. Por eso, aparte de ser nuestra actividad, la pesca nos da de comer y nos permite comprar los alimentos que no podemos cultivar nosotros mismos a pequeños comerciantes de Masese y Kiyindi.

Desde que aparecieron las jaulas de peces, hay tramos del lago a los que simplemente no podemos acercarnos; algunos son propiedad de un inversor chino y cubren más de un acre de agua. Es donde pescábamos antes. Ahora nos echan si nos acercamos demasiado, y cada año las jaulas son más grandes, y se van apropiando más del lago. Nuestras redes salen del agua más ligeras de lo que solían. Algunos de nosotros pescamos toda la noche y volvemos con lo justo para vender, sin hablar de comer.

No se trata solo del pescado, sino de llegar a cualquier sitio. Las jaulas se interponen en nuestras antiguas rutas, por lo que ahora los barcos tienen que dar un gran rodeo. Un trayecto que antes duraba una noche ahora nos lleva más horas, consume más combustible, cuesta más dinero. Las tarifas a Masese se han duplicado. Como nuestra comida llega en barco, ese coste recae sobre cada saco de maíz y cada botella de aceite que compramos.

Sabemos exactamente lo que nos está ocurriendo y no estamos dispuestos a quedarnos mirando cómo continúa. La pesca es a la vez nuestro medio de vida y nuestra fuente de alimento, así que cuando el lago se reduce para nosotros, nuestras comidas también se reducen. Alzamos la voz porque creemos que esto puede solucionarse, con reglas justas que protejan el espacio de las personas que siempre han dependido de este lago. Queremos que nuestros hijos e hijas sigan pescando en estas aguas mucho después de que nosotros ya no estemos.

Voces desde el campo 2

Somos Kottaimedu — esta es nuestra lucha

Familias pescadoras de Kottaimedu, India

Somos familias pescadoras de Kottaimedu. Durante casi veinte años, hemos luchado para proteger nuestra fuente de vida: nuestras aguas y nuestra costa.

Cuando el tsunami se llevó nuestros hogares en 2004, el Gobierno nos trasladó aquí, cerca del canal de Buckingham: marismas, manglares, las aguas que sabíamos que nos daban de comer. Creímos estar a salvo. Entonces, en 2007, se instaló una granja industrial de camarones justo al lado.

Al principio fue solo el olor. Luego, el canal que alimentaba a nuestras familias se contaminó. Después, nuestra agua potable se volvió salada. La escuela de nuestros hijos e hijas, a apenas 150 metros del estanque, no podía utilizar su propio pozo. Tuvimos erupciones cutáneas. Nuestros riñones empezaron a fallar. Nos quejamos. Nadie nos escuchó. En 2019, nuestras mujeres salieron a la calle a protestar. Por ello, trece de nuestras lideresas fueron implicadas en causas penales —falsas, dos de ellas ni siquiera estaban en el país cuando se cometió el supuesto «delito», y aun así se nos señaló. Los tribunales no desestimaron las demandas hasta 2023. Seis años de nuestras vidas, robados por el miedo y la sospecha.

Pero no nos detuvimos. Lo documentamos todo nosotros y nosotras mismos/as: cada desagüe invadido, cada estanque de tratamiento desaparecido, cada infracción. Llevamos nuestras pruebas a todas las oficinas que nos abrían sus puertas. Poco a poco, con dificultad, las cosas empezaron a cambiar. Una orden aquí, una resolución judicial allá. Recursos, retrasos, más esperas. Por fin, el 16 de febrero de 2026 ganamos: se ordenó el cese definitivo de toda actividad acuícola en la granja. Ahora estamos presionando para que se aplique plenamente la orden, incluso que se dejen de invadir nuestras tierras. Nunca se trató solo de un estanque. Se trataba de nuestra vida como comunidad pesquera, de nuestros derechos humanos a la alimentación y la nutrición, a unas aguas limpias y saludables, y a la dignidad. No esperamos a que se hiciera justicia. Ganamos porque nos negamos a callarnos y luchamos por lo que era nuestro.

Voces desde el campo 3  

Muchas horas, poca paga, ninguna seguridad: testimonio de un trabajador en una camaronera

Trabajador en una granja de camarones, de la provincia de Esmeraldas, Ecuador

Mi nombre es Carlos y trabajo en una piscina camaronera. El trabajo aquí es muy duro porque no tengo un horario establecido. Tengo que pasar las 24 horas del día aquí dentro y hacer trabajo durante la noche o en la madrugada, con lluvia, con sol. Aquí mi jefe me paga 400 USD por mes. No me alcanza la verdad porque tengo mi esposa, mis 3 hijos y tengo que mandar a mis hijos a la escuela. En ocasiones, no me alcanza el dinero para que ellos puedan ir a la escuela. Es muy duro y difícil el trabajo, a tal punto que muchas veces mi esposa y mi hijo mayor me ayudan.

No tengo seguridad social. Constantemente mis hijos tienen problemas de salud. A veces cuando uno se enferma aquí es difícil salir porque no tenemos una conexión a una vía. Tenemos que muchas veces esperar lanchas para que nos puedan llevar hasta el pueblo. Mi jefe me hace los pagos en efectivo y muchas veces no es que mi paga llega cada mes. Muchas veces pasando mes y medio o dos meses, me paga uno. Entonces me toca aguantarme porque no hay trabajo en mi pueblo. Por eso me vine hasta acá, muy lejos de mi pueblo.

Aquí se utilizan varios químicos que uno no tiene seguridad para tratar con ellos. Entonces uno está expuesto también a eso, uno tiene que muchas veces tocarlo con la mano sin ningún tipo de seguridad y el trabajo es muy fuerte. Como le digo, nosotros tenemos que estar constantemente dando la vuelta por la piscina, sobre todo por las noches.

Voces desde el campo 4

Si desaparece el manglar, perdemos parte de nuestras vidas  

Comunidades pesqueras, Carapitanga Quilombo, Brasil

Soy de Carapitanga Quilombo, en el municipio de Brejo Grande, en la costa norte del Estado de Sergipe, en la región del estuario del río São Francisco.

Antes, aquí todo era sano. No había veneno en el agua; los manglares eran nuestra riqueza. Solíamos pescar libremente, capturar cangrejos, ostras, sururu, aratu, siri y muchos tipos de peces. Cuando volvíamos de pescar, llenábamos cubos con ellos y los compartíamos con nuestros vecinos y vecinas: todo el mundo se llevaba comida a casa.

Todo cambió cuando empezaron a arrancar los manglares para construir estanques de camarones.

Se arrancan los manglares, se echa veneno en los estanques y, cuando los limpian, toda esa agua contaminada vuelve al río. He visto animales muertos en el lodo, y el lodo olía a podrido. Los peces, los crustáceos y muchas otras especies han empezado a desaparecer. Cada día hay menos espacio para que crezcan los cangrejos, el aratu, el siri y los peces porque se está destruyendo el manglar.

Hoy tenemos que caminar mucho más lejos, o ir en barco, para encontrar marisco. A veces echamos las redes y solo pescamos lo suficiente para un día. Las familias pescadoras lo están pasando mal. Antes, nuestra riqueza procedía del manglar. Hoy en día, muchas familias dependen del programa Bolsa Família y tienen que comprar comida porque el manglar ya no puede proporcionar lo que antes proporcionaba.

No como las gambas que se producen en estos estanques porque tienen veneno. Prefiero las gambas y los peces que provienen de la naturaleza.

La destrucción no ha cesado. Se siguen arrancando nuevas zonas y, cada vez que desaparece otro trozo de manglar perdemos otra parte de nuestras vidas. Aun así, sigo creyendo que, si dejan la naturaleza en paz, se recuperará. El manglar puede volver y, con él, los peces, los cangrejos y los mariscos. Quizá no para nosotros, pero sí para nuestra descendencia, porque también tienen derecho a vivir de la riqueza que el manglar siempre nos ha dado.

Voces desde el campo  5

Cómo recuperamos nuestro mar

Comunidades pesqueras, Karimunjawa, Indonesia

Me llamo Jack, soy pescador de Karimunjawa, y la vida de mi familia siempre ha estado ligada al mar. Solíamos pescar anchoas y vender algas, viviendo al compás del océano. Recuerdo los días en que sus aguas nos proporcionaban todo lo que necesitábamos. Pero entonces llegaron los criaderos de camarones y todo cambió. Toda nuestra vida dio un vuelco en cuestión de días. Llegaron hombres de la empresa, compraron las tierras y empezaron a arrancar los manglares. Instalaron tuberías directamente en el arrecife de coral, tuberías que aspiraban agua y escupían residuos. El mar cerca de nuestras casas se convirtió rápidamente en un caos marrón, espeso y repugnante. Mis hijos e hijas ya no podían bañarse en las aguas cercanas a la orilla y mi hija menor sufría mucho dolor porque el agua contaminada le provocaba un picor terrible con los pies llenos de ampollas.

Nuestras algas se volvieron blancas y se pudrieron a causa de una enfermedad. Una noche murieron todos los peces de mis jaulas, y fue una pérdida enorme: cientos de meros se asfixiaron en esas aguas contaminadas. Tuve que adentrarme más en el mar para encontrar aguas de mejor calidad, lo que implicaba gastar más combustible y ganar menos. Eso me llevó a endeudarme aún más. Ni siquiera podía pagar la escuela de mi hija y mi familia empezó a desmoronarse por culpa de los terrenos que se vendieron a la empresa.

Pero no nos quedamos callados. Formamos LINGKAR («Círculo de Lucha de Karimunjawa») —personas pescadoras, cultivadoras de algas y trabajadoras del turismo— decididos/as a plantar cara. Por la noche, nos sumergíamos sin el equipo adecuado para documentar las tuberías fantasmas (tuberías de entrada y salida) que destruían nuestros arrecifes. Nos enfrentamos a matones a sueldo, amenazas e intimidaciones, pero seguimos documentando y publicando con la etiqueta #SaveKarimunjawa, hasta que todo el país se fijó en nosotros.

El Gobierno pensó que podría silenciarnos encarcelando a uno de nuestros líderes, recurriendo a una ley que, en teoría, persigue los delitos informáticos, pero que en realidad solo se utiliza para acallar a las personas en Internet. Sin embargo, la estrategia les salió mal y todo el país se indignó. Los tribunales incluso intervinieron y anularon la condena. Trabajamos codo con codo con nuestros amigos y amigas y con periodistas que no se echaron atrás, y conseguimos que el Gobierno nos escuchara. Se cerraron los estanques.

Los responsables fueron a la cárcel por la contaminación causada y, poco a poco, nuestro mar se está recuperando: el agua se aclara, los corales vuelven a respirar y las personas que cultivan algas se atreven a volver a echar las cuerdas al agua. Todavía estamos reconstruyendo, pero una cosa está clara: cuando la gente se une, puede hacer que incluso las fuerzas más poderosas rindan cuentas por el daño que causan.

Cuadros

Cuadro 1

El pescado que nunca llega al plato

«A lo largo de la costa de África Occidental, más de medio millón de toneladas de peces pelágicos, que podrían alimentar a más de 33 millones de personas… son extraídos del océano para ser convertidos en harina y aceite de pescado…». – Relator Especial de las Naciones Unidas sobre el derecho a la alimentación[1]

Tal y como ha señalado el Relator Especial de las Naciones Unidas, no es la falta de alimentos lo que causa el hambre; no es un problema de producción. Mas bien es consecuencia de un sistema alimentario en el que las empresas mundiales productoras de piensos agravan la inseguridad alimentaria al procesar peces salvajes en forma de harina y aceite de pescado[2]. En 2024, más de 18 millones de toneladas de peces capturados en estado salvaje —equivalentes al 23 % del total de las capturas marinas— se transformaron en harina y aceite de pescado. Perú y Chile concentran la mayor parte de la producción mundial, aunque esta es vulnerable a El Niño.

Aunque es difícil obtener datos precisos de todos los países y regiones, se estima que únicamente en India, un millón de toneladas de pescado salvaje acabó en sus 50 fábricas de procesamiento de pescado en 2018[3]. Hay alrededor de 450 fábricas más, repartidas por 62 países[4],que representan casi todo el resto. En cambio, una parte significativa de este pescado, o prácticamente todo, podría utilizarse como alimento para las personas, en lugar de alimentar un sistema globalizado en el que las anchoas capturadas en una parte del mundo se echan de comer a los camarones de otra, con el único fin de ser procesados y vendidos a consumidores de ingresos medios o altos en otros lugares.

Cuadro 2

Algas y geoingeniería marina

Del mismo modo que el mecanismo REDD+ («reducción de las emisiones derivadas de la deforestación y la degradación de bosques») propició que las empresas se apropiaran de los bosques de los pueblos indígenas con el pretexto de la compensación de emisiones de carbono, los contaminadores planean ahora convertir el océano en un casino del carbono, utilizando el cultivo a gran escala de algas como forma de acuicultura, combinado con tecnologías de geoingeniería marina para generar créditos de carbono.

La geoingeniería designa las tecnologías no ensayadas y de alto riesgo orientadas presuntamente a frenar o revertir el calentamiento global. Las tecnologías de geoingeniería marina son una amenaza peligrosa para la integridad de los océanos, al alterar la biogeoquímica del océano y afectar de forma irreversible a las comunidades y los ecosistemas marinos. Hay técnicas como la fertilización oceánica (añadir nutrientes, tales como minerales y biomasa), el aumento de la alcalinidad oceánica (vertido de grandes cantidades de minerales para reducir la acidificación) y el blanqueo de nubes marinas (rociar agua de mar para «aclarar» las nubes). Las técnicas empleadas en la acuicultura de algas incluyen hundir biomasa y el afloramiento artificial (colocar tuberías en las profundidades del océano y bombear agua fría hacia la superficie) para inducir el crecimiento de las algas.

Los ecosistemas de algas marinas naturales y gestionados de forma tradicional se encuentran entre los espacios más biodiversos y productivos de la naturaleza. Los pueblos indígenas y las comunidades costeras y pesqueras han rechazado los monocultivos industriales de algas debido a los riesgos que entrañan para la cultura, la economía, el medio ambiente y los derechos humanos. Aquí, la acuicultura se une a la geoingeniería, al acaparamiento de los océanos y a la destrucción de los medios de vida de los pueblos pescadores. La acuicultura de algas combina falsas soluciones que amenazan los medios de vida, al tiempo que reduce el valor incalculable de nuestros océanos a unidades comercializables, maximizadas para obtener beneficios en el falso negocio de «salvar el planeta».

Cuadro 3

La defensa de los bienes comunes es una causa feminista

La acuicultura industrial es una forma de extractivismo impulsada por motivaciones orientadas al mercado, como obtener el máximo posible de ganancias a costa de sobrepasar los límites ecológicos. Los métodos de la acuicultura industrial se basan en gran medida en la producción masiva y el tratamiento químico de las masas de agua, generando grandes cantidades de residuos. Las pescadoras y los pescadores locales se ven privadas/os de su derecho a la soberanía alimentaria a medida que el poder empresarial mercantiliza la pesca.

La Marcha Mundial de las Mujeres defiende la vida por encima de las ganancias y protege los bienes comunes en aras de la sostenibilidad de la vida. Los océanos y los medios acuáticos también son bienes comunes, por eso defender los océanos como bienes comunes es una causa feminista. Como Marcha Mundial de las Mujeres, colocamos en el centro de nuestro movimiento nuestra lucha contra las empresas transnacionales. En nuestra lucha por defender la vida por encima de las ganancias, nos rebelamos contra la acuicultura industrial y nos solidarizamos con las pescadoras.

El trabajo de las mujeres en la pesca

El capitalismo sigue sin reconocer el trabajo de las mujeres. Así, al igual que en la acuicultura industrial, las pescadoras se enfrentan a obstáculos legales y sociales. Aunque las pescadoras trabajan muchas horas y aportan una gran parte de los ingresos de la familia del pescador, su trabajo sigue sin ser reconocido. Las pescadoras son percibidas como trabajadoras auxiliares. A diferencia de los pescadores con licencia, las pescadoras, cuyo trabajo no se reconoce[5], no pueden acceder al crédito institucional ni a las prestaciones de la seguridad social.

Incluso en los lugares donde se reconoce a las pescadoras, estas tampoco forman parte del proceso de elaboración de políticas, lo que limita su capacidad para impulsar cambios.

Cuadro  4  

Chile en venta: el avance de la industria salmonera

La dictadura de Pinochet abrió el camino para la industria salmonera en Chile. Hoy, el país es el segundo productor mundial de salmón industrial: se procesan millones de toneladas cada año y se exportan a las grandes economías. Se comercializa como alimento «sustentable», a pesar de la evidencia del uso intensivo de antibióticos y otros químicos, así como de la introducción de especies exóticas, responsables de la destrucción de ecosistemas lacustres, ríos y mares interiores.

El Estado permite concesiones en áreas protegidas en el sur de Chile sin respetar que éstas son parte de los Sistemas Importantes del Patrimonio Agrícola Mundial (SIPAM) de la FAO. Marcela Ramos, integrante de la Asamblea de Mujeres Insulares por las Aguas (AMIPA), es defensora del territorio de Chiloé[6] donde la industria salmonera ha contaminado el agua por décadas. Ahora la industria crece a los salmones juveniles en lagos de agua dulce, los llevan a concesiones en áreas protegidas en Patagonia para que lleguen a la adultez, y luego los devuelven a Chiloé para ser procesados. Grupos como AMIPA busca visibilizar los conflictos y el mal cuidado del ambiente, y construye propuestas de soluciones para la comunidad.  

A parte de causar contaminación ambiental, la industria salmonera se ha tomado la vida de muchas personas que han trabajado en las condiciones laborales precarias que caracterizan a la industria: Entre 2003 y 2026 ha habido 93 fallecimientos. La Red Nacional de Mujeres de la Pesca Artesanal ha ayudado a exponer los peligros que enfrentan los trabajadores en esta industria, especialmente los buzos que limpian las redes de las piscinas de acuicultura.

En el 2010 el gobierno pasó la Ley de Privatización del Mar. Esta ley protege a la industria salmonera sobre la pesca artesanal, permitiendo a la industria privatizar las concesiones otorgadas por el estado, usándolas para solicitar créditos a la banca privada, resultando en la privatización de gran parte del mar. Todo esto genera conflictos entre la gente y el gobierno.

El Werkén (portavoz) Francisco Vera Millaquén vive en Pargua, a pocos metros de fábricas de alimento para salmones. La expansión de esta industria ha generado conflictos entre familias: quienes trabajan en ella no quieren perder su empleo, mientras otros defienden su tierra y su forma de vida como pescadoras y pescadores.

La comunidad del Werkén Francisco lleva años denunciando la corrupción y la influencia de la industria salmonera sobre las decisiones del Estado. Hoy, esto se refleja en los intentos de modificar la Ley Lafkenche[7], que protege los derechos de las comunidades costeras y su soberanía alimentaria.

Cuadro 5

La acuicultura industrial y la salud pública: un programa urgente de justicia socioambiental

La acuicultura industrial se promueve cada vez más como una solución a la inseguridad alimentaria mundial y como un componente clave de la «transformación azul». Sin embargo, su rápida expansión plantea importantes problemas de salud pública que aún no se han analizado lo suficiente.

El Movimiento por la Salud de los Pueblos defiende el derecho de todas las personas a una alimentación nutritiva, saludable y asequible, producida mediante medios de vida dignos y sistemas alimentarios que minimicen el daño a las personas, las comunidades y el medio ambiente. Esta perspectiva basada en derechos subraya la necesidad de evaluar la acuicultura no solo por su potencial de producción, sino también por sus repercusiones en la salud, la equidad y la sostenibilidad ecológica.

Los sistemas de acuicultura intensiva suelen recurrir a antibióticos, plaguicidas, desinfectantes y otros insumos químicos para maximizar la producción. Estas prácticas pueden exponer a las trabajadoras y trabajadores a sustancias peligrosas, contribuir a la contaminación de las masas de agua circundantes y dar lugar, potencialmente, a la presencia de residuos químicos en los productos alimenticios acuáticos. El uso rutinario de antibióticos también suscita preocupación por la resistencia a los antimicrobianos, uno de los principales retos para la salud pública mundial.

Las consideraciones de salud pública van más allá de la exposición a sustancias químicas. La acuicultura industrial puede contribuir al deterioro de la calidad del agua, a la pérdida de biodiversidad y a la sustitución de especies autóctonas, con implicaciones para la salud de los ecosistemas, la nutrición y la seguridad alimentaria. La expansión de la producción industrial también se ha asociado con el desplazamiento de comunidades pesqueras de pequeña escala y la erosión de los medios de vida tradicionales, lo que afecta a los determinantes sociales más amplios de la salud.

A pesar del rápido crecimiento del sector de la acuicultura intensiva, siguen existiendo importantes carencias en la investigación en materia de salud laboral, exposición de los consumidores, calidad nutricional, contaminación del medio ambiente y efectos acumulativos sobre la salud de estos sistemas.

Mientras los gobiernos e instituciones internacionales continúan promoviendo la expansión de la acuicultura, la investigación independiente e interdisciplinar debe ir a la par. Las evidencias en materia de salud pública deben servir de base para las políticas, junto con los objetivos de producción y económicos. Hacemos un llamamiento a los investigadores, los profesionales de la salud, los responsables políticos y los movimientos sociales para que colaboren en la creación de una base de evidencias más sólida y garanticen que los futuros sistemas alimentarios acuáticos promuevan la salud, la sostenibilidad medioambiental, los derechos humanos y la soberanía alimentaria.

Cuadro 6

Nyéléni, solidaridad y filantropía

El Proceso Nyéléni, una expresión internacionalista de los movimientos sociales surgió por necesidad. Lo mismo ocurrió con el nuevo marco de «Filantropía Solidaria» puesto en marcha el año pasado por Grassroots International junto con varios movimientos sociales globales. Este marco, o vía de acción, establece nuevos parámetros sobre cómo debe funcionar la filantropía para proteger la autonomía financiera de los movimientos sociales.

El 3er Foro Global Nyéléni sirvió de punto de partida para establecer la «Filantropía Solidaria» como una estrategia colectiva entre las personas del ámbito filantrópico y las organizaciones de base. Después de décadas trabajando de forma aislada, los aliados y aliadas vieron en el 3er Foro Global una oportunidad para afrontar juntos un reto clave para la sostenibilidad del Proceso Nyéléni: la influencia de la filantropía en los movimientos sociales y cómo ésta frenaba a las comunidades que supuestamente debían recibir apoyo de los financiadores.

Como modelo filantrópico, la Filantropía Solidaria aboga por:

● Reflexionar sobre nuestra relación con la riqueza. Entender de dónde viene el dinero nos ayuda a comprender adónde debe ir.

● Alinear la concesión de subvenciones con los objetivos de autonomía financiera de los movimientos. Las subvenciones deben ajustarse a las prioridades de los movimientos, y no al revés.

● Ir más allá de la financiación para alcanzar una alianza profunda. Las relaciones deben basarse en el aprendizaje y la confianza. Los/las financiadores/as deben alzar la voz cuando los movimientos sean objeto de ataques.

● Invertir en infraestructuras que sustenten a los movimientos. Las infraestructuras físicas, la justicia lingüística, las comunicaciones seguras, el cuidado colectivo y otros aspectos son esenciales para impulsar los movimientos sociales a largo plazo.

● Organizar a las personas en el ámbito de la filantropía en sinergia con las prioridades de los movimientos sociales. La solidaridad se desarrolla a través de las relaciones y la acción compartida. Al igual que los pescadores y las pescadoras aprenden de las aguas que les sustentan, practicamos la solidaridad interactuando activamente entre nosotros y nosotras.

El proceso organizativo que está detrás de este modelo busca cuestionar la institución de la filantropía. La riqueza acumulada en manos de unos pocos debe volver a las comunidades de las que procede. El 3er Foro Global Nyéléni fue una oportunidad para que los movimientos y las entidades financiadoras aliadas construyeran juntos una praxis compartida basada en la solidaridad y el internacionalismo.


[1] Fakhri, M. (2024). La pesca y el derecho a la alimentación en el contexto del cambio climático – Informe del Relator Especial sobre el derecho a la alimentación.

[2] FAO. Roma. 2026. El estado mundial de la pesca y la acuicultura 2026 –Transformación azul: de la visión a la repercusión.

[3] Scholtens, J., Karuppiah, S., & Jyotishi, A. (2020).(en inglés) A Twisted Trajectory. Samudra Report, 83, 38-42.

[4] Lauren A. Shea et al. (en inglés) Spatial distribution of fishmeal and fish oil factories around the globe.

[5] En la economía pesquera, las mujeres trabajan 17 horas al día y aportan el 48 % de los ingresos de las familias pescadoras. Video.

[6] Chiloé es el nombre de un archipiélago y de su isla más grande.

[7] Aprobada en 2008 tras diez años de trabajo colectivo, la ley reconoce y protege los derechos de los pueblos originarios sobre sus espacios costeros tradicionales mediante la creación de los Espacios Costeros Marinos de Pueblos Originarios (ECMPO).

Destacados

Destacados 1

Acuicultura centrada en la comunidad: apoyando a las personas, los alimentos y los ecosistemas

La acuicultura (a veces llamada «cría de marisco» o «piscicultura») es un sistema de gestión de plantas y animales acuáticos en zonas costeras. Durante milenios se han practicado muchos tipos de acuicultura, generados históricamente a través de observaciones del terreno y el agua de cada lugar. Cuando se lleva a cabo de forma ecológicamente responsable, la acuicultura puede ser una base potente para las comunidades, las economías y los sistemas alimentarios locales.

Una práctica acuícola responsable se rige por varios principios que garantizan una buena relación con el medio ambiente y con las comunidades locales. Entre ellos se incluye que una explotación funcione a una escala adecuada para la especie en cuestión y en el contexto de la ecología local. Una escala adecuada también permite un acceso amplio de la comunidad. Asimismo, la comunidad debe ser propietaria y gestora de la explotación, para que los beneficios de la bonanza permanezcan, en su mayoría, en la comunidad. Ser parte de la comunidad también implica no competir por el espacio o los recursos con otras personas recolectoras, agricultoras y pescadoras locales. Estas prácticas también deben reflejar el hecho de que las aguas son un recurso público y su gestión continuada debe basarse en sistemas de gobernanza participativa.

Todavía existen algunos casos de acuicultura sostenible en la actualidad. Son prácticas que se llevan a cabo a una escala adecuada, gestionadas y operadas por personas integradas en la comunidad, realizadas en armonía con las poblaciones piscícolas salvajes y que reafirman que las aguas son un recurso público compartido. Una forma tradicional de acuicultura que se ha practicado en todo el mundo es la creación de trampas para peces, que suelen ser de piedra y/o madera, en las zonas intermareales. Cada comunidad tiene sus propias tradiciones y estructuras únicas, pero muchas de estas prácticas han existido desde hace miles de años.

Uno de los ejemplos de acuicultura ecológicamente responsable son los viveros de almejas del noroeste del Pacífico en la isla de la Tortuga (América del Norte), que han administrado diferentes pueblos indígenas, entre ellos los tlingit, haida, heiltsuk, kwakwaka’wakw, nuu-chah-nulth y naciones Salish de las costas del norte, centro y sur, entre otros[1]. Estos viveros son gestionados de modo responsable en cuanto a su escala y a la ecología, pero su sistema de propiedad es complejo, sobre todo debido a las imposiciones derivadas de la historia colonial. Muchos de estos viveros atraviesan líneas de demarcación, entre aguas estatales, terrenos de parques nacionales federales, fronteras entre países y otras situaciones. Estas comunidades tienen que hacer frente a sistemas increíblemente complejos para mantener estos viveros en sus ubicaciones históricas, y los pueblos de las aguas siguen luchando por el reconocimiento de su modo de vida ancestral, en tierra y en los océanos, ríos y manglares, a lo largo de todos los medios acuáticos de todas las regiones del mundo.

Destacados 2

El crecimiento del control corporativo en la acuicultura industrial

Entre los años 60 y 80, los programas de la «revolución verde» en agricultura sustituyeron cientos de miles de variedades campesinas por unas pocas de alto rendimiento. Estos cultivos provocaron brotes masivos de enfermedades y plagas, creándose una dependencia de las semillas, los fertilizantes y los plaguicidas de las corporaciones. Una «revolución» genética similar se está extendiendo rápidamente por la acuicultura.

La expansión de las explotaciones industriales de especies marinas con un enorme valor comercial está causando un daño medioambiental masivo y socavando la pesca y la acuicultura tradicionales. Estas explotaciones dependen de nuevas variedades que están cada vez más controladas por empresas con intereses en los piensos y el ganado.

Las mega-salmoneras situadas en las costas de Noruega, Chile, Canadá, Escocia y Australia, por ejemplo, utilizan salmón procedente de un programa público de cría noruego. El programa se basó en docenas de poblaciones de salmón obtenidas en ríos para criar peces de crecimiento rápido y dóciles. Con el salmón de alto rendimiento y genéticamente uniforme, la producción explotó, pero las salmoneras propagaron enfermedades y parásitos con repercusiones catastróficas para el salmón salvaje. Además, estos peces requieren enormes cantidades de pienso elaborado a partir de peces salvajes capturados en África Occidental y otras costas, lo cual repercute gravemente en los ecosistemas y la seguridad alimentaria de esas regiones. En la actualidad, la cría y el cultivo del salmón están dominados por unas pocas empresas, y el programa público de cría de Noruega es propiedad de una empresa alemana de genética ganadera, el Grupo EW.

Las corporaciones también dominan el mercado de la genética del camarón en Asia, donde la cría industrial se basa en variedades uniformes y de alto rendimiento, criadas en estanques cerrados con alta densidad y grandes cantidades de pienso. Estas granjas de camarones son muy vulnerables a las enfermedades y, por lo tanto, requieren semilla[2] certificada como libre de patógenos. Solo unas pocas empresas del sector ganadero controlan este mercado de semilla libre de patógenos. Por ejemplo, Hendrix Genetics, de los Países Bajos, y la tailandesa Charoen Pokphand (CP) comparten el monopolio en Sri Lanka, donde CP también domina el mercado de los piensos. Estas mismas dos empresas controlan alrededor del 90 % del mercado en Indonesia. En China, dos fabricantes de piensos para animales, Haid Group y Evergreen, son los actores dominantes en el mercado de semilla de camarón y se están expandiendo rápidamente en el extranjero.

Ecuador, primer exportador mundial de camarones, presenta una situación diferente. Grandes empresas producen camarones en sistemas abiertos de baja densidad. Para garantizar la resistencia a las enfermedades, se exponen grandes poblaciones de camarones a agentes patógenos y se seleccionan los que sobreviven para el siguiente ciclo de producción. La selección de camarones se ha vuelto más intensiva y tecnificada con el paso de los años, y existen algunas empresas especializadas en la cría, aunque en Ecuador los centros de cría siguen estando en manos principalmente de las grandes empresas camaroneras para sus propias granjas.

La acuicultura industrial es un sector joven en comparación con la agricultura y la ganadería industriales, pero sigue la misma lógica del capitalismo —crecer para no ser «devorado» por las empresas más grandes— y el control sobre los genes es la nueva frontera en este negocio de miles de millones de dólares.


[1] Pacific Sea Garden Collective (2022). Jardines marinos a través del Pacífico: reavivando innovaciones ancestrales de maricultura. Disponible en inglés. Versión 1. Washington Sea Grant de la Universidad de Washington.

[2] Camarones jóvenes (postlarvas) usados para dotar los estanques de cría.

Boletín núm. 65 – Éditorial

A contracorriente de la acuicultura industrial

En un momento en el que gobiernos y empresas están presentando progresivamente la acuicultura como la solución a las crisis alimentaria, económica y climática, merece la pena preguntarse si alguno de estos discursos se sostiene. La investigación muestra que el cultivo de camarones y salmones roba más comida a las personas pobres de la que aporta a un plato cualquiera. Los volúmenes de soja en régimen de monocultivo y de pesca de especies salvajes que se transforman en pienso para peces son astronómicos. El impacto climático de una acuicultura con una cadena de valor tan globalizada es casi imposible de evaluar. Con todo, Global Seafood Alliance destaca que «la acuicultura está en una posición única, no solo para resistir las repercusiones del cambio climático, sino incluso para ayudar a mitigar sus efectos». Aunque según un estudio científico, la huella climática del camarón de criadero es comparable, por kilogramo de producto, a la de la carne de vacuno. Un reciente informe de la ONU sobre pesca y acuicultura (SOFIA, Estado Mundial de la pesca y la acuicultura 2026) afirma que la acuicultura «contribuye en gran medida al desarrollo económico», citando un valor sectorial estimado de 391 000 millones de dólares estadounidenses. Sin embargo, el informe omite el hecho de que un pequeño número de empresas acaparan los beneficios y millones de personas ven desaparecer su base económica al ser desposeídos de sus territorios o por la grave contaminación medioambiental.

En respuesta a los estragos provocados por la acuicultura industrial y su amenaza a la soberanía alimentaria, el Foro Global Nyéléni 2025 decidió lanzar una campaña mundial para rechazar el control corporativo, el avance de la destrucción provocada por esta industria y la privatización de los océanos y las zonas costeras. Esta edición del boletín Nyéléni recoge parte del trabajo de la campaña.

Grupo ETC, FIAN, GRAIN, TNI, WFFP